Hay voces que el odio no pudo callar ni con hornos crematorios. Una de ellas es la de Ginette Kolinka, sobreviviente de Auschwitz-Birkenau, que a sus 101 años se ha convertido en la testigo más implacable del Holocausto en Francia. Y lo hace con una sonrisa franca, una energía desbordante y un arma que los nazis nunca lograron arrebatarle: la palabra.
Pero no siempre fue así. Durante décadas, Kolinka respondía con una frase tan brutal como honesta cuando alguien le preguntaba por el horror: “Si tuviera un hijo, preferiría estrangularlo con mis propias manos antes que hacerle pasar por lo que yo pasé”.

Hoy, esa misma mujer recorre institutos franceses, se remanga la manga izquierda para mostrar el número 78599 tatuado por un ordenanza nazi, y les dice a los adolescentes: “No pueden decir que no sabían”.
El cambio, confiesa, llegó hace tres décadas, gracias a un cineasta llamado Steven Spielberg.
El día que Spielberg le abrió la herida para curarla
Era 1993. Spielberg estrenaba La lista de Schindler y creaba una fundación para recopilar testimonios de sobrevivientes del Holocausto. Cuando contactaron a Kolinka, ella se negó: “Sería una pérdida de tiempo”. Pero en 1997, accedió. Habló casi tres horas. Lloró. Por primera vez en medio siglo, volvió a mirar de frente aquello que había enterrado para sobrevivir.
“Me vi obligada a reflexionar sobre ello de nuevo”, escribió después en sus memorias Regreso a Birkenau.
Desde entonces, la fundación de Spielberg ha recogido más de 60.000 testimonios. Y Kolinka, que antes callaba para no desmoronarse, se convirtió en la sobreviviente francesa más visible de Auschwitz. Hoy, apenas quedan unas pocas decenas como ella en Francia. Quizás menos de 30.
“Me convertí en un robot”: el relato que deja sin aliento a los jóvenes
Kolinka visitó recientemente el instituto Marcelin Berthelot, al este de París. Durante 90 minutos, un salón de adolescentes escuchó en absoluto silencio lo que ninguna clase de historia podría transmitirles igual.
Kolinka relató su arresto en marzo de 1944, el viaje en vagones de ganado sin ventanas desde París, los perros ladrando, los gritos en alemán. La primera palabra que aprendió fue “Schnell!” (¡Muévete!).

Luego vino lo peor: desnudarse frente a los guardias. “El odio de los nazis hacia los judíos era tal que buscaban cualquier detalle que pudiera hacernos sufrir, humillarnos”, explicó.
Ella tenía 19 años. Era recatada. La humillación fue una tortura adicional. Pero sobrevivió porque la apartaron de las cámaras de gas junto a otras 199 personas de los 1.500 que llegaron con ella en el convoy 71. El resto fue asesinado al instante.
“Me convertí en un robot”, les confesó a los estudiantes. “Para sobrevivir, dejé de sentir”.
Un número pequeño y bonito en el brazo de una gigante
Cuando Kolinka se remangó la camisa y mostró su tatuaje, el aula contuvo el aliento. “Hay personas que tienen números que les cubren todo el brazo —dijo con una media sonrisa—. Pero yo tengo un número pequeño y bonito”.
Ese gesto, ese número, es hoy su bandera. No la del horror, sino la de la memoria activa, la que advierte: el odio no desaparece solo. Hay que combatirlo cada día.
“Extraordinaria”: el tributo de una nueva generación
Al terminar la charla, los alumnos rodearon a Kolinka como si fuera una estrella de rock. No querían que se fuera. Nour Benguella, de 17 años, y Saratou Soumahoro, de 19, coincidieron en la misma palabra para definirla: “Extraordinaria”.
“Su testimonio es tan conmovedor, su fortaleza mental es admirable —dijo Benguella—. Mantener viva esta historia es lo único que nos permitirá no cometer los mismos errores”.
Kolinka sonríe. Sabe que su tiempo es prestado. Pero mientras haya jóvenes dispuestos a escuchar, ella seguirá levantándose cada mañana para contar lo que nadie debería olvidar.
El deber de la memoria en tiempos de odio creciente
En un contexto de resurgimiento del antisemitismo en Europa, la voz de Kolinka resuena como un campanazo. Francia deportó a 76.000 judíos durante la ocupación nazi. Solo 2.500 regresaron. El Estado francés tardó 50 años en reconocer su complicidad. Fue Jacques Chirac, en 1995, quien habló de “una mancha imborrable”.
Hoy, Ginette Kolinka es esa mancha hecha carne, memoria andante, lección viva. Y su mensaje es simple pero demoledor: “No pueden decir que no sabían”.
Aragua Press se une al homenaje a Ginette Kolinka, una guerrera de 101 años que convirtió el horror en enseñanza y el silencio en una trinchera contra el odio.
Con información de Associated Press
Edición: Memoria y Dignidad